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     Crónicas de L'Ernexto  
   
La Tortuga
Carta a Domingo Pliego tras una jornada de escalada en La Pedriza



Domingo, ayer estuvimos un minigrupo, Luis María Lázaro, Marisa, Mercedes, Luis María Olaso y yo. El segundo Luis María es un veterano alto, delgado con el pelo blanco con quien nos hemos cruzado a veces en la monta�a en plan lobo estepario, con un mapa plastificado colgado del cuello, como buscando las fuentes del Nilo o así, seguro que te acuerdas. A primera vista da la impresión de un héroe hermético y solitario que parece escapado de una novela de Julio Verne.

Quedamos en Canto Cochino a las nueve y subimos a La Tortuga que está como cinco veces más cerca que el Rompeolas del domingo pasado. El camino de aproximación es bastante abrupto y casi es una trepada continua con pies y manos. Allí hicimos dos o tres vías en las que dependes totalmente de la bondad de los pies de gato (me compré unos, los cambié por un par de números mayor que mi pie habitual y aun así, me aprietan lo suyo, vamos que eres feliz cuando te los quitas). El caso es que gracias a los "gatos" y al inapreciable apoyo psicológico de la cuerda a la que estás asegurado, te encaramas a sitios casi inverosímiles a los que sin ella no te subirías ni "harto vino". Nunca ves apoyos propiamente dichos, y la presión de los "gatos" se ejerce directamente en la superficie rugosa de la roca, a la que se adhieren contra toda expectativa por mi parte. El caso es que tiras "p'alante" desafiando a la lógica, basándote en que los demás tambi�n lo han hecho, así que cuando encuentras la más mínima depresión en la roca, se te antoja que es una escalinata y te da la impresión de que trepas como un marqués. A treinta metros del suelo nos reunimos los cinco en una repisa de lujo que tendría diez centímetros de ancho por un metro y medio de largo y nos anclamos con una cinta y un mosquetón (creo que lo llaman "una línea de vida") a una chapa que había allí (una reunión). No obstante yo me aferraba con la mano a la cadena, por si las moscas. Miraba allá abajo al patio y me decía a mí mismo como cosa mía ¿Q'hago aquí?, un anciano repugnante y baboso como yo, ¿no debería estar echando una solicitud para un asilo de deficientes mentales? ¿Cómo habré llegado hasta aquí sin atronar la monta�a con mis alaridos de terror? ¿Será que poco a poco se acostumbra uno a las alturas? Posiblemente mi vértigo esté dentro de unos parámetros razonables pero por otro lado no poseo el equilibrio psicofísico de una cabra.

Peña Sirio, dibujo de Domingo Pliego
Recuerdo que la primera vez que me aventur� a subirme por una pared (la primera de muy pocas veces, en realidad), al acabar tenía la boca reseca como un bacalao aficionado a tomar el sol, y mis dedos eran como garfios pálidos de tanto apretar la cuerda, ¡soltura que tenía uno!... ahora, aunque no sea para tirar cohetes, ya es otra cosa, creo que me estoy haciendo un hombre.

Sorprendentemente, pretendían seguir hacia arriba, por una pared que se me antojaba sumamente empinada y para mí era un misterio cómo podría hacerse sin que se te aflojaran todos los esfínteres corporales y poner la montaña perdida. Yo me había comprado un flamante casco azul que me dijeron era muy importante para posibles caídas de piedras y aerolitos diminutos del más allá, pero quizá para darle más emoción a la escalada, o por no tener costumbre de encasquetarme nada, hábilmente me lo había olvidado en el macuto junto a la tortilla de jamón. En su lugar llevaba un gorrito de safari de blanda tela verde que en ese momento debía hacer juego con el color de mi cara, y que me habías regalado tú, Domingo, y lo único que amortiguaba eran los rayos inmisericordes del sol. Por un momento tuve una visión de cómo en el futuro un recio escalador encontraba mi esqueleto anclado a la roca con un cascote de regular tamaño incrustado en mi bonito gorro de safari.

Reanud� la ascensi�n Marisa
por la monta�a horrorosa
con tanta facilidad
que la cosa daba risa

con la soltura y el buen hacer que le son habituales. Curiosamente yo creo que el futuro del hombre está en la mujer. Y allá que se fue veinte metros más arriba. Cuando me tocó a mí, solo quería mirar la pared que tenía delante de mis narices, no fuese que el abismo me llamase al volver la vista hacia él, creo que la miraba tan intensamente que posiblemente me ponía bizco, y aplicaba mis manos en forma de copa como si pretendiese imitar el desatrancador del baño, haciendo succión sobre la roca. Al final todos subimos, contentos de que terminase tanto disfrute en la pared.

Luego hice un rápel asegurándome con un prusik a la cuerda hasta la primera reunión, y desde allí enardecido por semejante triunfo, proseguí el rápel directamente sin el prusik ni nada. Seguramente un halo de luz rodeaba mi figura cuando descendía ingrávido en alas del viento, pero nadie tomó una foto ¡qué mala leche! La próxima vez para no repetirme, es posible que descienda en rápel sujeto por los pies, cabeza abajo y batiendo palmas. Si sigo as� �no sé a d�nde voy a llegar!, incluso puede que me atreva a coger el ascensor yo solo.

Salu2

Ernesto Medina (20 junio 2004)

 
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