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Crónica de la ruta a Peña Ubiña (Cordillera Cantábrica)
(7-9 octubre 2005)

Llegamos el viernes sin mayor novedad, a buena hora y dispuestos a cenar en el bar del pueblo. Ya en éste, una señora amabilísima (o quizá, no tanto) lamentó no podernos atender al no tener pan. Ello no obstante y después de conducir toda la tarde, decidimos tomar algo, pues ya no teníamos que conducir, y cenar en los apartamentos lo que hab�amos llevado.

A la vista de su abierto talante, convinimos en encargarle la cena del día siguiente, cuestión finalmente desestimada por todos por cuanto nos dijo que sería carne, sólo carne, exclusivamente carne y, dada nuestra insistencia en ampliar un poco el menú, taxativamente carne. Inadmisible para unos deportistas.

Así las cosas, como queda dicho, decidimos cenar por "nuestros propios medios" en los apartamentos. Ya en ellos y todos juntos, podéis imaginar los ausentes: profusión de toda clase de barritas energéticas; frutos secos, algo de fruta y agua, mucho agua... Una estricta frugalidad nos invadía. Tímidamente los compañeros encargados de las viandas se atrevieron a poner sobre la mesa unas buenas cervecitas; un buen vinito; y alimentos, en rigor, prohibidos para nosotros: jamón delicioso; fuet del bueno; tortilla de patata; una especie de empanada o pizza que estaba riquísima y otras delicias que no recuerdo, pero que me temo nos hicieron sucumbir a todos.

Durante la cena, el autor de la crónica solicitó permiso para contar un chiste, cuestión ésta rechazada por la unanimidad de los presentes sabedores de su pesadez y torpeza en estos menesteres. No obstante lo anterior, el compañero Félix, desde su férrea jefatura, autorizó al dicente a contar uno y sólo uno, con el fin de evitar su lógica frustraci�n.

Al día siguiente y tras un agradable desayuno, nos esperaba Peña Ubiña, un verdadero "paseo". Consiste en una agradable subida de casi mil metros coronada por una aún más amena trepada de unos trescientos o cuatrocientos metros, que conduce a la cima. Total unos mil cuatrocientos metros de desnivel. (Aprovecho para decir, que es la trepada más bonita que uno pueda imaginar: fuerte, vertical y segura. Pero sin nieve, se entiende).

Especial mención en la subida merece la cura por dos veces de los pies de Chus por parte de Paco. Si bien, fue Kristina, la que cambiando sus propias botas con Chus, puso fin al sufrimiento de ésta. Ángel, que estimó que no era muy ortodoxo eso de cambiar las botas en la monta�a, no pudo por menos que cambiar de opini�n cuando vio a Chus en la cima feliz, contenta y sin molestias en los pies.

Ya en la cumbre y tras las fotos de rigor, el grupo escribió unas palabras en el libro/registro dedicadas a los compañeros ausentes, dejando constancia de que Haciendo Camino había estado allí. Como hacía buen tiempo, aprovechamos nuestra estancia en la cumbre para reponer fuerzas (aunque unos más que otros, todo hay que decirlo).

El descenso lo hicimos por una relativamente cómoda, aunque muy empinada, arista, que nos situó en un verde prado donde aprovechamos para descansar un rato y extasiarnos viendo el recorrido que hab�amos hecho, el cual, por cierto, visto desde allí, parec�a increíble. Después nos dirigimos al pueblo donde teníamos los coches aparcados y en el que Javier se había comprometido a buscar un sitio adecuado para cenar.

Una vez encargada la cena, nos dirigimos a nuestros apartamentos para asearnos. Ya en ellos, tuvimos oportunidad de comprobar los sofisticados trabajos de cerrajería con una simple tarjeta de donante llevados a cabo por Kristina en la puerta del apartamento de Ana y Javier, los cuales habían olvidado la llave dentro. Reitero mi emocionado recuerdo también a esa labor, si bien no pude ser testigo directo de ello, pues no quería dejar sólo currando a nuestro ínclito jefe, Félix, el cual no paró de trabajar en todo el fin de semana.

Sin embargo, se ha de admitir que las eficaces gestiones de Javier no dieron el resultado que esperábamos; así, se nos comunicó que en el pequeño bar del pueblo no había ni Coca Cola, ni Aquarius, ni biopavo, ni yogures bífidus de poleo menta o té verde, ni queso blanco sin sal, ni ensalada, ni, en fin, el extenso etcétera por todos conocido de nuestras comidas preferidas... Este contratiempo supuso un arduo y no menos tenso debate en el grupo que al final decidió conformarse con jamón, queso, patatas fritas con huevos y chorizo, callos, cordero y unas manzanas de postre, todo ello regado con cerveza o vino, según preferencias y, para acabar, un poco de café de puchero.

La cena, justo es admitirlo, discurri� en "silencio". Todos, sin excepci�n, estábamos "tristes y cariacontecidos"; si bien, entendíamos que siendo la monta�a sacrificio, en el valle también debíamos asumirlo. Llegamos a los apartamentos sumidos cada uno en nuestros propios pensamientos. Creo recordar que, en esta instancia, el autor de estas líneas fue instado por Félix, nuestro amado e inflexible jefe �que calzado con unas zapatillas de vivos colores trataba de alegrarnos- a contar un chiste, sólo uno, para animar a los compañeros. El autor apenado en lo más íntimo como todos, contó un admirable chiste interactivo �y sólo uno- ejemplo del pragmatismo que debe imperar en nuestras acciones; algunos lo recordaréis: el de "organización, jolín, organización", que alguien gritaba desaforadamente en la quietud de la noche.

Al día siguiente y tras un frugal desayuno, nos acercamos a un pequeño promontorio para contemplar el paisaje; a continuación, nos fuimos a visitar una ermita prerrománica. A ambos lugares, nuestro temido jefe, Félix (en funciones), acudió calzando unos botines de bailarín que realzaban -además de a su propia figura- la fiereza sin par con que ejercía el mando (pero en funciones, siempre en funciones).

Decididos a volver a Madrid lo antes posible y satisfechas ya nuestras inquietudes culturales, se apuntó la conveniencia de comer en Asturias antes de reemprender el camino a casa. Fue otro imperdonable error.

De nuevo, y pese a ir recomendados por Fermín, "el tratante", un viejo amigo nuestro, fuimos a dar con nuestros huesos a un restaurante de Pola de Lena donde, más o menos, otra vez se nos impuso un menú que dejaba mucho que desear: entrantes consistentes en ensaladas, patés de pescado con mayonesa; gambones cocidos, jamón... (con lo que ya, prácticamente habíamos comido); pero es que aún faltaba, según los gustos, la sopa de marisco, las fabes con almejas; el rape con salsa, la carne con patatas... unos inmensos platos de postre con todo tipo de pasteles y helados; vino (Rioja y Ribera del Duero, j�venes), café, una "gotina" de orujo y, pásmese la afición, hubo quien pidió hasta un puro... Intolerable.

Absolutamente contrariados con tan reiterados errores de organización, nos volvimos a Madrid, tras unas breves despedidas de compromiso.

Por lo demás, ha sido un fin de semana inolvidable con una gente especial. Acertadísima la elección de la ruta por parte de Javier y Ana, en un entorno que siempre invita a volver. Las viandas compradas por Paco (desayunos) y Ana (cenas), reunieron los necesarios requisitos de abundantes, pertinentes y exquisitas. Creo no equivocarme al afirmar que lo único que echamos en falta fue a nuestros compa�eros ausentes.

Mi emocionado recuerdo para Periko, duro lugarteniente de nuestro querido jefe Félix (en funciones); para Ángel, siempre ocupado en avisarnos de salir, entrar, subir o bajar, dos horas antes de cualquier actividad) y para Delfín, que como buen asturiano, sentía más intensamente que nadie ese paisaje que a todos nos enamoraba.

Hasta la próxima, con inmenso cariño.


Miguel Dorado (14 de octubre de 2005)