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Crónica de la ruta Viadós - Bachimala (Pirineos)
(15-17 octubre 2004)

La subida al Pico Gran Bachimala (3.177 m) no estaba en nuestros planes para este año, pero un mes antes, subiendo hacia el collado Chistau, vimos esta mole pirenaica y nos quedamos admirados, así que cambiamos nuestro plan inicial de ir al Aneto por este otro menos conocido. Además en aquella ocasión hablamos con unos montañeros maños que acababan de hacer la ruta y nos habían dado todo tipo de detalles, lo que nos animó aún más. Queremos subir por Punta Sabre, al sur de la cumbre, y bajar por la vía normal, al oeste.

El refugio más cercano al Bachimala es el de Viadós (algunos escriben 'Biadós'), pero ya está cerrado en estas fechas, así que vamos preparados para vivaquear o dormir en tiendas en el caso que la zona de alojamiento libre esté ocupada. Llevamos también comida suficiente y hornillos de gas para calentarla.

Las previsiones del tiempo anuncian frío y nieve, pese a lo cual nos lanzamos a la aventura, al ser probablemente la última oportunidad que tenemos este año de volver a los "Piris".

15 de octubre de 2004
Viajamos desde Madrid en dos coches. Por la mañana sale uno en el que van Miguel, Félix y Ángel. Por la tarde otro con Jorge, Pedro, María y Fernando. Para llegar al Viadós hay que ir primero a Ainsa, luego a San Juan de Plan, y a la salida de este pueblo tomar una pista de tierra de doce kilómetros y cerca de doce mil baches hasta una pequeña zona de aparcamiento a menos de cien metros del refugio.

La zona libre del Viadós es un edificio pequeño con dos habitaciones de no más de diez metros cuadrados. En la primera hay un par de mesas, unos asientos, una pileta y un grifo con agua corriente. En la otra hay seis literas de hierro forjado, con unos somieres que parecen chicle y unos colchones finos. Todo está sorprendentemente limpio y recogido. Llegamos y está vacía, cosa que nos alegra sobremanera porque no está el tiempo fuera como para ponerse a montar tiendecitas, y mucho menos para dormir al raso.

Tomamos algo caliente (habíamos cenado de camino) y llega el momento culminante: somos siete, y hay seis camas; ¿quién duerme en el suelo? Como no hay voluntarios (ni voluntaria) decidimos echarlo a suertes, y tras disimulada trampa le toca a Félix. Se niega, se retuerce, protesta, patalea, implora misericordia... No hacemos ni caso. La suerte es la suerte, chico. Además María le presta una colchoneta auto-inflable de esas que no-se-inflan-ni-patrás, así que no se puede quejar.

Como hace fresquito (once grados dentro del refugio) nos metemos en los sacos pronto. Varias tonterías más, sobre todo en torno al tema de la buena suerte de Félix, y a dormir.

16 de octubre de 2004
Nos levantamos casi a las ocho, un poco más tarde de lo que teníamos pensado. Desayunamos calentito, nos hacemos la foto de rigor y empezamos a andar. El día está encapotado, sin mucha pinta de abrir.

La ruta es desde el principio cuesta arriba, atravesando un tupido bosque de coníferas. Antes de los 2.000m de altura encontramos nieve, mucho más pronto de lo esperado. Al salir del bosque hay mucha más nieve, y nos ponemos las polainas, que esto va a ser una ruta invernal más que otoñal.

Subimos a buen ritmo, guiados en parte por algunos hitos de piedra y en parte por el GPS. La senda casi no se ve por estar tapada por la nieve, y no hay huella de nadie que nos haya precedido.

Cerca de la cota 2.400 m nos despistamos (es decir, Fernando no lee bien el GPS), y en vez de ir a media ladera hacia el Cuello de la Señal de Viadós (vaya nombrecito tiene el collado) nos dirigimos cresteando a una cumbre secundaria llamada Señal de Viadós (2.601 m), que coronamos tras una trepadita algo expuesta y unos buenos repechos. A esta altura ya la niebla nos envuelve por completo y no se ve bien el camino para bajar al collado de forma directa, así que decidimos desandar lo andado hasta corregir el error y encaminarnos bien hacia el collado.

Toda esta parte es muy pizarrosa, y con la capa de nieve caída se anda muy lentamente. Llegamos al Cuello (2.528 m) en torno a la una de la tarde, y ya vemos que no va a dar tiempo de acabar la subida al Bachimala. Queremos estar de vuelta en el Cuello no más allá de las tres, para llegar al refugio antes de las seis, con margen suficiente por si hubiera algún percance. Continuamos la subida, avanzando todo lo rápido que podemos, que no es mucho por las condiciones del suelo.

La gran ventaja de todo este tramo es lo amenizados que vamos con los cánticos de Félix. Todo tipo de ritmos, sones, alaridos y escalas, aunque predominan las melodías de los años treinta y cuarenta del siglo pasado, que domina a la perfección. Es una fonoteca andante.

María lleva los pies helados porque le han calado las botas, y nos planteamos dar media vuelta para que cuanto antes se ponga seca. (Ninguno lleva calcatines de repuesto en la mochila: error de principiantes). Pero en este punto surge magnífico y solidario Ángel: "Llevo dos pares puestos, están secos, y te dejo uno". María acepta y ambos se descalzan para el traspaso. No importa que Ángel use talla-45 y María talla-36. El caso es que ella dice que ya va bien.

Poco antes de las dos, a 2.740 m de altura y a siete bajo cero, decidimos dar media vuelta. Hemos llegado más lejos de lo que otros muchos habrían hecho en estas condiciones. La niebla no deja ver más allá de 40 metros, así que cumbrear tampoco nos habría regalado la vista. Cuesta abajo María se pone a la cabeza del grupo, y con los pies ya calentitos nos baja a un ritmo vivo que da gusto. Llegamos al Cuello, donde hacemos una paradita corta para comer algo y rápidamente continuar la bajada, esta vez por el barranco de la Gatera, haciendo así una ruta circular más variada que si fuera de ida y vuelta.

La bajada se hace dura, especialmente por los muchos resbalones, de los que nadie se libra. Pero vamos contentísimos. Uno de los que va más feliz es Jorge, alegre de haber re-encontrado los Pirineos tras varios años sin venir por aquí. Con su cámara de video ultraligera saca imágenes de todo para inmortalizar la jornada, lo mismo que los demás con las cámaras de fotos digitales último modelo.

La última parte, ya por debajo de la cota de 2.000 m y sin nieve la hacemos por la senda GR11 que recorre el valle del Cinqueta d'Añes Cruces. Esta parte sí parece otoño, con bellísimos contrastes entre el verde oscuro de las hojas perennes y los rojizos y anaranjados de las caducas. Todo un espectáculo.

Antes de las seis llegamos al refugio, cansados y felices, tras ocho horas largas de haber andado, trepado, subido, bajado, resbalado, cambiado calcetines... y todo con agua-nieve constante, niebla espesa y un virugi al que no estamos acostumbrados, que hace dos días íbamos en chanclas por Madrid. Ahora toca descansar y comer.

En el refugio encontramos nuevos inquilinos: tres franceses (que están recorriendo los Pirineos desde Hendaya hasta Gerona, parte por el GR11 español y parte por el GR10 francés) están esperando para ver si tienen sitio. Menos mal que habíamos dejado las cosas dentro. También llegan tres montañeros catalanes (estos van a subir el Posets al día siguiente) pero al ver el mogollón de gente que somos deciden irse a otro refugio cercano que conocen. Un rato después, cuando ya anochece, nos preparamos una cena rica, rica, bien regada con un vinito de la tierra que Miguel había comprado al venir. Charlamos de lo humano, lo sobrehumano y de montaña. No podía ser de otra forma.

Y todavía quedaba una última sorpresa. Poco antes de acostarnos salimos del refugio a hacer el último pis, miramos arriba y nos encontramos con un inmenso cielo negro salpicado por miles de estrellas. ¡Pero bueno! ¿Dónde están las nubes que no nos han dejado ver ni un rayo de sol todo el día? ¿Dónde han ido? ¿Quién se las ha llevado? Gran misterio es este de la meteorología.

17 de octubre de 2004
Vuelta a Madrid, parando a mitad de camino en Sietamo a comprar unas cuantas ensaimadas, por aquello de que tienen hidratos de carbono... y están deliciosas.

Para terminar
Esperábamos una ruta dura por el desnivel que teníamos que salvar (desde los 1.760 del Viadós hasta los 3.177m del Bachi), y nos hemos encontramos con otro tipo de dureza: Las condiciones del suelo y la baja visibilidad. Unos tramos porque nos hundíamos en la nieve recién caída y otros por los continuos resbalones, el hecho es que hemos avanzado más lentamente de lo esperado. No sabemos si habríamos cumbreado el Bachimala si no nos hubiéramos despistado y si nos hubiéramos levantado a la hora que queríamos.

Pero lo importante es que hemos vuelto a disfrutar de los Pirineos. ¡Nunca nos decepcionan! Estas montañas y estos valles nos tienen cautivados. Ahora tenemos que seguir entrenando para las próximas rutas y a empezar a soñar con volver a los "Piris".